El Poder del Enfoque y la Ley de las Prioridades

¿Qué tiempo toma la concentración requerida para ser un líder verdaderamente efectivo? La clave son las prioridades y la concentración. ¿Cómo debe usted aprovechar su tiempo y energía?. Por John Maxwell

El poder de estar enfocado

¿Qué tiempo toma la concentración requerida para ser un líder verdaderamente efectivo? La clave son las prioridades y la concentración. Un líder que conoce sus prioridades pero carece de concentración sabe qué hacer pero nunca lo termina..

Si tiene concentración pero no prioridades, tiene excelencia sin progreso. Pero cuando tiene ambas cosas, tiene el potencial para lograr lo espectacular.? Con frecuencia me encuentro con personas en posiciones de liderazgo que parecen especializarse en cosas menores. Por lo que la pregunta importante es: ¿Cómo debe usted aprovechar su tiempo y energía?

Los líderes efectivos que alcanzan su potencial invierten más tiempo concentrados en lo que hacen bien que en lo que hacen mal. Para tener éxito, concéntrese en sus éxitos y desarróllelos. En eso es que debe invertir su tiempo, energía y recursos.

Crecimiento es igual a cambio. Si quiere ser mejor, tiene que mantenerse cambiando y mejorando. Esto significa entrar a nuevas áreas. Si dedica tiempo a cosas nuevas relacionadas con áreas fuertes, entonces crecerá como líder. No olvide que en el liderazgo, si dejó de crecer, estará terminado.

Nadie puede evitar completamente trabajar en sus áreas débiles. La clave es minimizarlas tanto como sea posible, y los líderes lo logran delegando. Por ejemplo, yo delego en otros los trabajos de detalles. Un equipo de personas maneja toda la logística de mis conferencias. De esa forma cuando estoy allí, me apego a las cosas que hago mejor, como por ejemplo, dar el discurso.

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Liderazgo

Los Líderes se Hacen, no Nacen

El estudio de los grandes líderes del pasado y del presente es uno de los modos más rápidos y seguros de desarrollar cualidades de liderazgo. Cuanto más estudies lo que constituye un liderazgo efectivo, más probable será que interiorices esos mismos valores y conductas.

He estudiado el liderazgo durante muchos años. Empecé cuando era adolescente, y el primer líder que estudié en profundidad fue Aníbal de Cartago.

Leí un libro tras otro acerca de las guerras púnicas, el talento de los elefantes de Aníbal cruzando los Alpes y las batallas contra los romanos. Él fue capaz de tomar una fuerza muy pequeña, formar con ella una poderosa fuerza de ataque, llevársela a miles de kilómetros y casi derrotar al mayor imperio de su tiempo.

Después de esto estudié a Escipión, el general que derrotó a Aníbal. Estudié la vida de Napoleón y Wellington también en profundidad, para comprender las diferencias entre los dos hombres. También estudié a Washington y a Lincoln y a los generales George Patton, Dwight Eisenhower y Omar Bradley, que fueron algunos de los grandes líderes de su tiempo.

Lo que descubrí es que los líderes se hacen, no nacen. Nadie viene al mundo siendo un líder natural. Incluso Alejandro Magno estudió (desde los ocho años) para convertirse en líder.

Estudiar a los grandes

El estudio de los grandes líderes del pasado y del presente es uno de los modos más rápidos y seguros de desarrollar cualidades de liderazgo. Cuanto más estudies lo que constituye un liderazgo efectivo, más probable será que interiorices esos mismos valores y conductas. Estos a su vez se exteriorizarán en tus acciones y tus resultados.

Abraham Lincoln escribió: «Que alguien haya triunfado es la prueba de que otros también pueden hacerlo». Bertrand Russell, el gran filósofo, estaba de acuerdo con esto, y escribió: «La prueba de que algo se puede hacer es el hecho de que otros ya lo han hecho».

Piensa en los hombres y mujeres que conoces que son líderes que admiras, y después comienza a pensar cómo puedes emular sus conductas. Piensa cómo puedes parecerte más a ellos. Y he aquí, en un tiempo razonable, realmente comenzarás a absorber sus cualidades y tú mismo te convertirás en líder.

La historia de Alejandro

La historia de Alejandro Magno es muy instructiva para cualquiera que aspire a una posición alta de liderazgo. A la edad de quince años Alejandro se convenció de que su destino era conquistar el mundo conocido. Tuvo la visión de unir a toda la humanidad en una hermandad común.

Con Aristóteles como profesor, estudió y se preparó durante muchos años. Aprendió las artes militares de su padre y de sus mejores generales. Se veía a sí mismo como un gran rey y tenía una fe inconmovible en su capacidad para conseguir cualquier objetivo que se hubiera propuesto.

Alejandro era brillante tanto en la administración como en la ejecución. Mostró tener un gran criterio al delegar y designar a los oficiales adecuados para las posiciones adecuadas en el momento justo. Era capaz de planear, organizar, analizar y ejecutar de forma brillante.

En la batalla de Arbela guió a sus cincuenta mil hombres a un ataque frontal completo hacia el ejército persa formado por una fuerza de un millón de hombres y los venció. Nunca había considerado la posibilidad de la derrota. Tenía una confianza plena en sí mismo, en sus hombres y en su capacidad para sobreponerse a cualquier dificultad, sin importar las abundantes probabilidades en su contra.

Alejandro, al igual que todos los grandes líderes, tenía la capacidad de organizar a sus hombres e inspirarlos para que sobrepasaran cualquier cosa que hubieran hecho antes. Tenía la capacidad de concentrarse en sus puntos fuertes y centrarse en las áreas importantes que eran esenciales para la victoria.

Su vida y su historia son un ejemplo que aúna todas las cualidades del gran liderazgo que han sido identificadas en cada estudio del tema.

Mírate a ti mismo como un líder
En la introducción expresaba la idea de que hay un abanico de gente en el que, al final de todo, encontramos a personas que no tienen la menor idea de lo que está pasando (y no les puede importar menos), mientras que arriba de todo están el uno o dos por ciento de personas en nuestra sociedad que realmente son las bujías de los motores del cambio.

Cada uno de nosotros está en algún lugar de ese espectro, subiendo o bajando dependiendo de las cosas que hacemos y decimos diariamente.

Si quieres ser un líder o un líder mejor, recuerda que todo depende de ti. Está en tus manos, o, aún más importante, en tu mente. Eres lo que piensas. Tu imagen de ti mismo determina tus resultados. Puedes convertirte en un líder mucho más eficaz al cambiar tu concepto de ti mismo: el modo en que piensas en ti como líder.

Todo comienza con la ley de la causa y el efecto. Es una ley básica del universo; el resto de leyes de los campos de las matemáticas o cualquiera de las ciencias están sometidas a esta ley, que dice que por cada efecto hay una causa. Nada sucede porque sí. La implicación de esta ley es poderosa.

Significa que el éxito de cada persona tiene una o varias causas. Así que, si quieres ser tan exitoso como otra persona, si quieres emular a la gente exitosa, cómo actúan y lo que consiguen, entonces averigua lo que hicieron ¡y haz tú lo mismo! Haz las mismas cosas que hacen las personas con éxito, una y otra vez, y finalmente obtendrás los mismos resultados.

Una ley relacionada con esta es la ley de la creencia. Afirma que si tú crees en algo con convicción, lo que crees se convertirá en realidad. O, diciéndolo de otro modo, eres lo que crees que eres. El filósofo William James dijo: «La creencia provoca el hecho real».

Tomado del libro «LIDERAZGO» de Brian Tracy

EL Amor Incondicional de Dios

Stephen, un niño africano que fue abandonado por su madre y maltratado por sus familiares, se crió en la calle. Después de un fallido intento de suicidio ingresó en una organización terrorista.

Se le enseñó a odiar, a manejar las armas, y se le confió la misión de sembrar el terror en la población civil. La ocasión se le presentó cuando una misión cristiana organizó unas reuniones. El propósito de Stephen era lanzar algunas granadas al público.

Para ello se mezcló entre la gente. El predicador habló con convicción sobre el tema del pecado, señalando con el dedo al auditorio. Atónito, Stephen creyó que se refería a él. ¿Cómo conocía su vida? Luego el predicador habló de la gracia de Dios, de su poder para transformar vidas.

Stephen estaba tan impactado que olvidó su misión de sembrar el pánico. Se acercó al predicador y le contó su vida. Stephen comprendió que el amor de Dios podía cambiar su vida.

Por lo tanto si estas a punto de dejarlo todo, si ya no aguantas más los problemas que estás viviendo, si te sientes solo(a), si todos te fallaron, si te sientes triste y abatido, sea cual fuere tu situación. Recuerda que el amor de Dios es infinito y sin límites que sobrepasa todo; tan grande que no podemos ir arriba de él, tan profundo que no podemos ir debajo de él y tan ancho que no podemos ir fuera de él. Este amor es incomprensible, incomparable, sin barreras, tan bueno que fragmenta las tristezas, da alegría y paz en medio de la tempestad; este amor es tan inmenso y maravilloso que es capaz de hacer lo posible para que vivas en paz, siempre permanece firme ya que nunca se agota, es capaz de sacarte de los peores momentos, de aquellos que muchas veces tú crees imposible de salir. Así es el amor de Dios.

Isaías 49:15-16 nos enseña cuán grande es su amor para con nosotros, pues nos dice: ¿Puede una madre olvidar a su niño de pecho, y dejar de amar al hijo que ha dado a luz? Aun cuando ella lo olvidara, ¡yo no te olvidaré! Grabada te llevo en las palmas de mis manos; tus muros siempre los tengo presentes. (NVI)

Cuando comprendemos cuánto nos ama el Señor, nuestras vidas no pueden quedar igual a lo que éramos. Su amor es tan único y lleno de gracia que nadie podría resistirse a él; es la única esperanza y nuestra mayor preocupación debería ser descubrir el amor de Dios hacia nosotros.

Nosotros amamos a Dios porque él nos amó primero. 1 Juan 4:19 (NVI).

EL Nuevo Nacimiento

A veces la Biblia usa figuras para describir la obra de la regeneración. Una de ellas es la imagen de quitar un corazón de piedra y reemplazarlo con un corazón de carne (Ezequiel 36:26). También emplea la figura de hacer una nueva creación de lo que estaba muerto en pecados. Usa la imagen de la resurrección por el poder que levantó a Cristo de los muertos (Efesios 2:1-7). Todos estos símbolos nos dicen que nosotros, que una vez estuvimos muertos en delitos y pecados, podemos ser revividos por Dios Espíritu Santo por medio de la obra redentora de Jesucristo.

En Juan 3, Jesús usa la figura de ser engendrado o nacido del Espíritu. Nadie puede estar seguro de cuál sea la expresión exacta, pero sea la que sea, ambas frases significan una cosa: somos completamente dependientes del Espíritu para la increíble transformación que se lleva a cabo en el nuevo nacimiento.

El Señor dice en el versículo 8, “El viento sopla por donde quiere, y oyes su sonido, pero no sabes de dónde viene ni adónde va; así es todo aquél que es nacido del Espíritu”. La palabra hebrea para espíritu es ruah, que también es la palabra para el viento que sopla o el aliento de Dios. En el día de Pentecostés, el Espíritu Santo vino sobre los creyentes como un poderoso viento impetuoso.

Si fueras dueño de un parque eólico en una montaña en Gales, querrías que el viento soplase constantemente, ni muy fuerte ni muy débil, para que cada día pudiera generar corriente eléctrica. Podrías querer vender esa electricidad a una compañía de energía, pero no tendrías poder sobre el viento. Te podrías levantar temprano y gritarle al viento como los profetas de Baal le gritaron a su dios. Podrías gritar: “¡Viento del este, sopla a 50 kilómetros por hora!”. Podrías ver la veleta y saber de dónde sopla el viento; podrías adivinar o leer su velocidad en un anemómetro, pero no tendrías poder sobre el viento. Jesús declara: “Así es todo aquél que es nacido del Espíritu” (v. 8).

Todo el que busca el Reino de Dios es nacido por medio de una obra soberana de Dios. El Señor no pone esa obra en las manos de nadie más. Es su prerrogativa divina y nadie más comparte esa obra. Dios no le da a los evangelistas un “interruptor del Espíritu” para que lo opriman mientras Él llama a las personas a la salvación. La obra del nuevo nacimiento no es una obra humana.

Considera las palabras de Santiago 1:18: “En el ejercicio de Su voluntad, El nos hizo nacer por la palabra de verdad, para que fuéramos las primicias de sus criaturas”. Santiago dice que la elección de hacer nacer a los creyentes es de Dios. Para entrar en el Reino de Dios dependemos completamente de una acción del Espíritu. Este nacimiento se compara con el nacimiento físico por el cual entramos al mundo. No fuimos engendrados por nuestros padres porque nosotros decidimos nacer. No fuimos una voz que clamó en la mente de uno de nuestros padres diciendo: “Quiero la vida. Quiero ser una niña que de adulta llegue a medir 1.70 metros, de pelo rubio, ojos azules, coeficiente intelectual alto, talentos musicales, y un buen sentido del humor”. Nuestros padres nos concibieron y nos tuvieron sin nuestro consentimiento. Así también el Espíritu Santo dispone nuestro nuevo nacimiento. El viento sopla con certeza y eficacia en donde quiere. El viento no está a nuestra disposición, ni tampoco lo está el poder regenerador del Espíritu.

Podrías preguntarte: “De modo que si el Espíritu se mueve, seré salvo; y si Él no se mueve, no seré salvo. ¿Así que no debo hacer nada más que esperarlo?”. No; eso es fatalismo. Es como si un pescador dijera al inicio del día: “Si voy a salir a pescar, entonces el viento debe soplar hoy”. Eso es cierto, pero si el pescador no hiciese nada, incluso si se negase a soltar las velas de su bote, no pescará nada. El viento de Dios debe soplar, sí, pero el pescador debe elevar las velas para poder pescar. Asimismo, tú debes escuchar la predicación de la Palabra de Dios, convertir el sermón en una oración y clamar a Dios: “Crea en mí un corazón limpio, oh Dios”. Los hombres y las mujeres son nacidos del Espíritu, nos dice el versículo 8, pero el versículo 16 también nos declara que cualquiera que crea en Él no perecerá sino que tendrá vida eterna. Debes creer en el Señor Jesucristo. Ya sea que sientas algo o no, debes clamarle para que te ayude a entregarte a Él. Como se nos insta en Hechos 16:31: “Cree en el Señor Jesús, y serás salvo”.

Vamos a suponer que a un bebé en el vientre de su madre se le diagnostica espina bífida. El doctor le dice a la madre que una operación prenatal puede ayudar al bebé. Ella contesta: “No, no quiero que se le practique una cirugía. Si mi bebé va a mejorar, va a mejorar sin la operación”. Eso es fatalismo. Alguien que cree en la soberanía de Dios dará su consentimiento para que la operación se lleve acabo, y durante la cirugía orará fervientemente a Dios para que el bebé sea sanado por medio de la extraordinaria habilidad del cirujano.

Igualmente, Ezequiel vio un valle lleno de huesos secos (Ezequiel 37:1-10). Cuando se le preguntó si podían vivir, el profeta clamó a Dios: “Profetízales”, respondió el Señor (v. 9). Así que Ezequiel les habló a los huesos y ellos se juntaron y vivieron. Profetiza y clama a Dios, quien puede hacer que los huesos muertos vivan. El nuevo nacimiento es una obra soberana del Espíritu.

Todo el que busca el Reino de Dios es nacido por medio de una obra soberana de Dios.